viernes, 29 de abril de 2011

Mujica, el personaje

Recibo y publico

Mujica, el personaje.-
de Gustavo Toledo.-
21 de abril de 2011.-


Aunque parezca un personaje de Juceca, aquel entrañable maestro del absurdo criollo, y hasta por momentos nos lo imaginemos departiendo en su media lengua con la Duvija, el tape Olmedo y Rosadito Verdoso en el boliche El Resorte, el Pepe es real. Apenas por un detalle menor: es de carne y hueso. Por lo demás, es tan impostado e irreal como el inolvidable Don Verídico que supo encarnar Landriscina en la vecina orilla y el propio Julio Cesar Castro en nuestras tierras.

Hijo en partes iguales de la amnesia histórica y el esnobismo consumista de buena parte de nuestra sociedad, el Pepe emergió hace poco más de una década como la más reciente y fulgurante estrella mediática del progresismo local. Tanto o más popular que el mismísimo Tabaré, el Pepe, ex diputado, ex senador, ex ministro y actual presidente de la República, se convirtió por méritos (y deméritos)propios en un icono de la época en que vivimos. Un representante arquetípico de lo que Gilles Lipovetsky llama la “era del vacío”. Un exponente destacadísimo de la nadería y la charlatanería política, capaz de contradecirse varias veces durante un mismo día o de rozar el ridículo (y hasta de hundirse en él) con tal de llamar la atención.

Para quien haya seguido su derrotero político desde el retorno de la democracia hasta nuestros días, está claro que a José Mujica, la persona, se lo fue devorando el personaje de “El Pepe” –mezcla de peón de estancia y cuida-coches con ínfulas de filósofo- hasta convertirse en ese grotesco insoportable que es hoy. Al igual que a Chicotazo en su momento, y a todos los grandes charlatanes de la historia, a Mujica lo mareó el éxito. (No hay nada que mareé más a un demagogo que el aplauso de la gente; ¡terminan comprándose a sí mismos!).
En los últimos años, le terminó de perder el miedo al “escenario”.
Comenzó a sobreactuar sin tasa ni medida, al punto de que hoy hace y dice lo que se le canta, confiado de que, pase lo que pase, su claque le festejará sus ocurrencias.

Hábil conocedor de los secretos de la comunicación, el Pepe que consumimos (ése es el término preciso: “consumimos”) tiene claro que no importa el contenido sino el envase. Su secreto no está en lo que dice sino en cómo lo dice… Y su público, consecuentemente, no repara en lo que dice sino en cómo lo dice… Que se reúna con los Kirchner imprevistamente o estampe su firma en una papeleta para la derogación de la ley de caducidad porque está “podrido de ir a los juzgados”, que se suba a un escenario a cantar con Los Olimareños o le dé de comer sandwichitos de atún a su perra Manuela a la vista de todos son meras excusas para aparecer en los medios de comunicación. Allí está su fuerte, en los medios, no en las tatuceras o las bombas como antaño.

La juega de Outsider y al mismo tiempo de cuadro partidario; de rupturista y de continuista; de agente antisistema y de garante del sistema… El Pepe es un puñado de contradicciones, inteligentemente explotadas como capital político. Supo, aprovechando la tilinguería reinante, tocar la fibra sensible de la gente cortando transversalmente a la sociedad. No convence, conmueve.

Sus votantes (¿o debería decir sus fans?) sienten que él, por bueno, por diferente, por viejo, por desalineado, por tupa, por orejano, por malhablado, por chabacano, es en algún punto como ellos, pero, sobre todo, distinto a los “otros”, a los políticos tradicionales. A los “doctores”. A los de traje y corbata. A los “garcas” que buscan un puestito, acomodar a la tía, a la hermana, a la amante y a la madrina del vecino y, de paso, llevarse unos mangos para la casa.

Esa es la caricatura a la que el Pepe antepone la suya. Esa es la imagen del “malo” que él y los suyos supieron construir, contra la que él “pelea” desde su personaje de “cruzado de la vida y la tradición”. El problema es que, acentuando su personaje, acentúa fatalmente la brecha entre los “buenos” y los “malos”. Alimenta prejuicios y aprensiones ridículas entre unos y otros, en base a imágenes y asociaciones falaces.

En la era del “pensamiento débil”, como el filósofo italiano Gianni Vattimo denominó al pensamiento de la posmodernidad (incierto, relativista, difuso, fragmentario, hecho de medias verdades, carente de compromiso), quienes usan saco y corbata, tienen su autito y se peinan a la gomina están del lado de los malos. Quienes usan el mismo pantalón hasta que se les cae a pedazos, exhiben sus medias agujereadas, no se peinan y andan con el termo y el mate incorporados a su anatomía son los buenos.

Esa es la antinomia desideologizada y ramplona de nuestro tiempo, la de los disfraces. Esa es la imagen infantil, pobrísima, conmovedora, que subyace al viejo concepto de lucha de clases al que aún se abrazan los herederos del naufragio marxista.
El Pepe dista mucho de ser un personaje inofensivo. Detrás del tipo desarreglado y lenguaraz que se come las “s” y usa el “haiga” deliberadamente, del caudillo zigzagueante y pendular que se ríe de la coherencia acartonada de sus camaradas, se haya un hábil tergiversador de la realidad y, sobre todo, el mismo pensamiento mesiánico que lo llevó a empuñar las armas en el pasado.

Como bien dice Sergio Sinay en una de sus notas, el pensamiento débil suele empollar fascismos y autoritarismos de toda clase.

Un consejo a tener en cuenta, ¿no les parece?


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